Marcoria

Marcoria

domingo, 21 de diciembre de 2014

Segunda Parte:

–Busca a Victoria, a Victoria Bandi… Ella es tu madre Sophie, ella es… –Dijo mientras lloraba. Me quedé mirándola. No puede ser… Me estaba diciendo que ella no era mi madre.
–Vos sos mi madre, no entiendo de quien me hablas… –Dije tratando de que me lo aclarara.
–Vamos Sophie, deja que tu madre descanse… –Mi padre me llamó, pero ella levantó una mano en señal de que me dejara y siguió diciendo.
–Yo… Yo no soy tu madre Sophie, yo no te di a luz amor, ella es tu madre. Tu padre te dirá quién es, él te lo dirá… –Cerró su ojitos húmedos. Y apretó mi mano. De pronto ya no me habló más, su pulgar acariciaba mi mano y la presionaba. Se quedó profundamente dormida y yo quedé así, confundida, sin explicación de nada. Cerré mis ojos, muy fuerte para luego pestañear y volver a abrirlos. Limpié las lágrimas y la volví a mirar, su pecho subía y bajaba en paz, se notaba que era una carga enorme para ella.
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Al día siguiente mi madre amaneció sin vida y mi padre me terminó de contar aquella historia. No podía creer que sea cierto, se murió la madre que me crió y me dio mucha felicidad, pero me dejó una madre ¿millonaria, ignorante de mi existencia e hipócrita? Eso sí que era increíble.

Finalmente ella murió y yo… Yo quedé sola con mi padre.
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A una semana de la muerte de mi madre, volví al colegio. Lautaro había ido a mi casa el día que la enterramos. Pero no estuvo mucho tiempo, ya que le dije que me dejara, que quería estar sola, que me diera tiempo. El solo se alejó aceptando si lo llamaba y hablábamos.
–¡Oh Sophie! –Dijo este llegando y abrazándome con fuerza. –¿Estas mejor preciosa? –Negué.
–No… Para nada Lautaro… Para nada. –Me abrazó y llorisqueé en su hombro. –Ni te imaginas cuanto la extraño… –Serena me miró desde lejos y solo parece haber entendido que hoy no era el día, ya que ni siquiera se acercó a mí.
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El tiempo pasó, justamente dos años… Y ahora decidí ir a en busca de mi mamá biológica.
No es que justamente quiera saber de ella, solo que me puse de acuerdo con mi padre y finalmente voy a ir en busca de ella y de trabajo. Necesitamos comer, y mi padre era el que hacía eso por mí. Pero él se estrelló con una enfermedad grave y ahora necesito la plata para sus remedios y mis libros. Supongo que ella podrá ayudarme. Tomé mi currículum del estante y las llaves. Pero cuando estaba por salir, él se levantó y tomó mi hombro.
–No tenés que hacer esto, ¿lo sabes no…? –Dijo abrazándome por detrás. Yo me abracé a sus brazos y murmuró.
 –Voy a estar bien… –Rápidamente mis ojos se aguaron.  –No quiero perderte, no a vos también… Me voy a quedar sola. –Dije entristecida.
–Jamás te voy a dejar hija. Nunca. No vas a quedarte sola. –Me di la vuelta y lo miré a sus enormes ojos chocolate.
– ¿Me lo prometes? –Dije secando mis ojos.
–Te lo prometo princesa. Yo te lo prometo. –Dijo abrazándome fuerte. Luego nos apartamos y mirándome volvió a preguntarme. – ¿Estas segura de hacer esto So? –Asentí y de pronto una pregunta se asomó por mi cabeza.
– ¿Ella está casada? –Mi padre frunció el ceño y negó con la cabeza.
–No, pero es hermosa, así como vos, no tardará en estarlo. –Asentí. Y luego levantando un dedo terminó.  – ¡Ah! Casi lo olvido, ¿recordas que te conté que tu abuelo te dejó acá? –Asentí. –Él mencionó a una pequeña, él mencionó a una melliza tuya Sophia, si ella está viva, entonces tenés a una hermana. –Mis ojos se abrieron enormes, ¿Una hermana?
– ¿U-una hermana? –Tartamudeé murmurando. Él asintió.
–Sí. Trata de decirle la verdad a tu madre lo más pronto ¿Si? –Asentí. –Victoria es una mujer seria, pero es de buen corazón y es hermosa, vos sos su calco. Ambas dos se parecen demasiado, no tardará en darse cuenta de quien sos. Asique no le mientas, deciles quien sos. Ellos, van a entender, ella jamás volvió a decir nada sobre vos, porque te cree muerta. – ¿Muerta? ¡Pero si estoy más llena de vida que ella y toda su familia junta! –Sos tan valiente… –Dijo mi padre trayéndome de mis pensamientos.
–Supongo que en la tarde estoy acá. Igual voy a llamarte cuando llegue. ¿Sí?
–Espero el llamado pequeña. Vamos, anda a buscarla. –Dijo con una sonrisa.
–Chau papi, te amo. Cuídate ¿Si? –Asintió.
–Vos también cuídate. –Asentí y le di un beso en la mejilla que él me respondió de igual manera. Finalmente salí de mi casa y tomé el colectivo hasta aquella enorme casa blanca con flores lilas en la entrada que veía en la imagen que tengo en la mano junto a la dirección del lugar. Allí es a donde me dirigía.
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Toqué un timbre dorado que sonó con un gran “Ding Dong” que se habrá escuchado en toda la casa. Rápidamente un hombre con uniforme me miró en los ojos y preguntó.

–¿Señorita? –Era bastante calvo, y alto y tenía pinta de ser muy buena onda, él y su sonrisa.

CONTINUARÁ...

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